Dondequiera que llegues, sin importar para la empresa en la que labores o el proyecto que emprendas, la gente siempre recuerda lo que sabe de ti Xiara Paulino, asesora de comunicaciones de CCK International
SANTO DOMINGO Jueves 10 De Septiembre 2026.- La reunión que nunca te concedieron, el cliente que dejó de responder, la invitación que nunca llegó… Muchas veces creemos que esas oportunidades se perdieron por falta de contactos o experiencia, cuando en realidad la respuesta puede estar en algo mucho más silencioso, pero poderoso: nuestra reputación.
Ya sea que busque conectar mi organización con la de un colega, conseguir una publicación en un medio digital o agendar una reunión con un perfil de alto nivel, mi trayectoria puede abrir o cerrar esa puerta.
Si la persona a la que recurro para facilitar un contacto cuestiona mi integridad a partir de experiencias pasadas, difícilmente querrá recomendarme. Y es que, cuando hablamos de reputación, nos referimos a un activo que nos acompaña en nuestro día a día.
La confianza acumulada en tu trayectoria puede abrir conversaciones, recomendaciones y oportunidades antes incluso de presentar una propuesta.
Como profesional de la comunicación, cada día estoy más convencida del impacto que tiene la reputación que construimos en nuestro trayecto profesional. Lamentablemente he sido testigo de profesionales percibidos popularmente como gente de “mucha influencia” a nivel público y mediático, pero cuando te acercas a sus pares o a personas que han colaborado de cerca te dicen que es inestable, cuestionable, incoherente… y eso impacta.
Impacta porque cuando empresas buscan contratar sus servicios para un evento, suelen consultar referencias antes de tomar una decisión; cuando una organización busca tomarlo en cuenta como líder de opinión, los relacionistas públicos no se permitirían recomendarlo, pues su reputación está construida sobre arena movediza y no se atrevería a poner en juego a la organización respaldando ese perfil.
Ese es el precio de tu reputación. Puedes gestionar espacios en medios de comunicación, construir una marca personal en redes sociales como desees, proyectar una imagen en una campaña publicitaria, pero si no hay autenticidad, si quienes de forma consistente reportan dificultades al colaborar contigo o tus pares no te recomiendan, hay algo que observar, evaluar y tomar en cuenta.
En nuestro trabajo acompañando organizaciones de distintos sectores, hemos comprobado que ninguna estrategia de comunicación puede sostener una reputación que no tiene fundamento en la realidad. Procuramos entender la naturaleza de las empresas, su identidad, qué las mueve y la realidad que enfrentan, esto con el objetivo de entender su discurso y evaluar cómo es posible alinear su accionar a su identidad.
Pero esto no es posible sin tomar en cuenta su trayectoria y autenticidad, algo que en ocasiones se vuelve difícil de sostener por influencias externas y los ritmos acelerados que se viven en la sociedad actual, pero que generaciones como la Z valoran por encima del posicionamiento o incluso de la productividad de una organización.
La reputación es uno de los activos más valiosos que preservar y fortalecer. No se trata de depender de lo que piensen los demás sobre ti, pero la experiencia que tienen contigo sí impacta en tus resultados a largo plazo.
Las oportunidades rara vez llegan únicamente por el talento, sino que llegan porque alguien estuvo dispuesto a decir: «Conozco a esa persona y vale la pena trabajar con ella». Esa recomendación no se compra, se construye todos los días.
Como bien dice Cantares 2:15 (RVR1960): “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; porque nuestras viñas están en cierne”. La reputación también se construye (o se deteriora) en esos pequeños detalles que muchas veces pasamos por alto.






